LOST IN A GLANCE

JUNTO CON PAULA VALDEÓN, LA BIBI+REUS, PALMA DE MALLORCA 2025




          

Lost in a glance

En un mundo impulsado por un ritmo frenético constante, hay instantes en los que la mirada necesita detenerse. Un momento suspendido en el que el tiempo parece aflojar su presión y el cuerpo adopta otro ritmo. Como aquel ermitaño que se recluye en la montaña, Miquel Ponce y Paula Valdeón abren las puertas a una dimensión en la que el tiempo se pausa y la mirada fluye. En un ejercicio de revisión y contemplación, ambos revisten el espacio de una ornamentación tan detallada que nos empuja a detenernos, a respirar y observar.  Lost in a Glance nace de ese impulso de perderse en un instante de atención, permitiendo que la percepción se active antes que el pensamiento. Las obras de Ponce y Valdeón funcionan, en este sentido, como catalizadores de una experiencia en la que percepción y ritmo vital se influyen mutuamente: una mirada atenta y sostenida altera la cadencia habitual del espectador, abriendo un espacio donde observar implica necesariamente desacelerar.

Levanta la mirada, ¿Qué puedes observar? Una celosía escondida, una ventana que se abre al mar… Recorre el espacio, explora los detalles ¿Qué recuerdos te despierta ese juego de luces y sombras? Entramos en un juego de atención que entrena nuestra mirada y desfragmenta nuestra percepción. Un ejercicio profundamente condicionado por nuestra concepción de la realidad, que ambos artistas proponen deconstruir. Habituados a la velocidad, interpretamos el entorno desde la urgencia, perdiendo la capacidad de reconocer matices, relaciones y capas de significado que solo se revelan cuando el tiempo se dilata.

En las obras de Ponce y Valdeón, este tiempo no aparece como un concepto abstracto, sino como algo que puede rastrearse con la mirada. En el trabajo de Paula Valdeón, las capas se superponen y dejan ver el proceso: trazos iniciales, desgastes, correcciones. En Miquel Ponce, las marcas del material, los restos del lijado o los acabados abiertos revelan el gesto y la duración del proceso. En ambos casos, la obra se ofrece como una superficie que ha sido habitada, que invita a una observación cercana, detallada, capaz de trasladarnos al estudio del artista para acompañarlo en su proceso de creación. La atención se focaliza y el entorno pierde protagonismo. El espacio continúa ahí, pero la mente se desplaza, como si operara desde otro lugar. No se trata de comprender la obra, sino de acompañarla. Un estado en el que el tiempo deja de marcarse y el pensamiento abandona la prisa habitual. El cuerpo permanece, pero ya no dirige la experiencia.

El arte aparece aquí no solo como objeto de contemplación, sino como catalizador perceptivo. En Miquel Ponce, los residuos de materiales y los rastros de cada gesto crean superficies que invitan a detenernos: sus lienzos concentran texturas, capas y detalles que llaman a una observación pausada. En Paula Valdeón, los patrones extraídos de visillos y tejidos artesanales, plasmados sobre lienzo, nos conducen a un examen igualmente atento: la rugosidad, las superficies vaciadas y las formas fragmentadas nos empujan a descubrir conexiones ocultas y reorganizar mentalmente los elementos. Los motivos naturales en ambas obras: horizontes sugeridos, juegos de luz, tramas que evocan organismos, amplían esta experiencia.

Es dentro de ese nuevo ritmo donde percibimos que algo ha cambiado: nuestra percepción se transforma a medida que lo hace nuestro ritmo interno, revelando nuevas formas ajustadas a nuestra nueva realidad. Es muy posible que en un inicio confundamos los patrones de Valdeón con entramados urbanísticos, estructuras densas asociadas al movimiento constante, a la velocidad y a la saturación visual del entorno cotidiano. Sin embargo, a medida que nuestro ritmo se desacelera, la percepción se reajusta y empiezan a emerger otras lecturas: formas vegetales, repeticiones orgánicas, conexiones que remiten a la ornamentación natural que nos rodea. En Ponce sucede algo similar. Lo que primero aparece como una composición de capas y geometrías acaba revelándose como un paisaje reducido a lo esencial, en una ventana abierta que nos traslada a otro lugar y otro momento, situándonos en un estado liminal. No es la imagen la que cambia, sino nuestra forma de percibirla. La obra actúa entonces como prueba de ese desplazamiento: al modificar nuestro ritmo, transforma nuestra percepción, haciendo visible esa bidireccionalidad en la que mirar con más calma altera lo que vemos, y lo que vemos confirma que algo en nosotros se ha detenido. Lo fragmentado y lo continuo, lo natural y lo construido se entrelazan, haciendo que cada gesto y cada detalle concentre nuestra atención. Al explorarlos, nuestra percepción se agudiza y nuestra cadencia vital se ajusta, revelando su estrecha relación.

Esta atención al proceso y la materialidad se traslada también a la búsqueda de patrones. A través de fragmentos, repeticiones y vínculos entre las piezas, la exposición se configura como una experiencia abierta. No hay una imagen única ni un tiempo prefijado, sino múltiples lecturas que emergen según cómo la recorremos y observamos. En la obra de Paula Valdeón, los patrones se repiten y se fragmentan, permitiendo reorganizar las composiciones y abrirlas a distintas disposiciones posibles. Nuestra mirada conecta partes, completa ausencias y construye sentido a partir de aquello que se despliega de manera no lineal. En el trabajo de Miquel Ponce, las obras también se relacionan entre sí a través del material: los restos y residuos de una pieza se integran en la siguiente, estableciendo continuidades que hacen visible un proceso en transformación constante.

Las relaciones entre piezas, la recurrencia de ciertos motivos y la posibilidad de múltiples combinaciones nos invitan a construir nuestro propio recorrido. La obra no se presenta como un objeto cerrado, sino como un sistema que se activa a través de nuestra atención sostenida. En este proceso de deconstrucción y recomposición, dejamos de ser observadores pasivos y nos convertimos en parte activa del proceso creativo. Percibir implica implicarnos. Y en esa implicación, la experiencia se expande.

Mientras nuestra atención se despliega entre los detalles, sentimos cómo los espacios nos acompañan y responden. Entramos en un ámbito amplio, con techos altos y juegos de luz que nos permite expandir la mirada y respirar, abarcando el conjunto y sintiendo ligereza. Su amplitud nos invita a explorar sin prisa, moviéndonos de un punto a otro, descubriendo conexiones entre lo que está cerca y lo que se extiende ante nosotros. Al dejar atrás esa amplitud y adentrarnos en un espacio más pequeño, adaptado a nuestra escala, la atención se concentra y el cuerpo se relaja. Como quien abandona la nave de una catedral para adentrarse a explorar una capilla, empezamos a notar detalles que antes pasaban desapercibidos: el tacto de los materiales, la textura de las superficies, la sutil vibración de la luz sobre ellas. La proximidad nos invita a agudizar los sentidos, a movernos con calma, a habitar el espacio de manera más íntima y consciente. Los muros y aberturas del entorno permiten que nuestro tránsito sea libre, sin rumbo fijo, generando un diálogo constante entre el espacio y nuestra percepción. Las obras acompañan estas dimensiones: unas nos invitan a abrirnos y proyectarnos, otras nos recluyen en el detalle, pidiendo cercanía y paciencia. Este vaivén nos recuerda que habitar un espacio no es solo recorrerlo: también es sentirlo, dejar que influya en nuestra percepción.

Las obras de Miquel Ponce y Paula Valdeón se sitúan aquí como propuestas que ponen en tensión nuestra forma habitual de mirar. Más que ofrecer imágenes cerradas, plantean situaciones perceptivas que requieren tiempo, atención y una disposición abierta. A través del proceso, la materialidad y la fragmentación, ambos artistas generan espacios de lectura donde la percepción se reorganiza, invitando al espectador a tomar conciencia de cómo observa, cómo se mueve y cómo habita el tiempo dentro del espacio expositivo.

Lost in a Glance propone así un ejercicio de atención. Una invitación a observar sin urgencia, a habitar el espacio desde otra cadencia, a reconocer cómo nuestra forma de ver está ligada a nuestra manera de vivir. Quizá, al permitirnos perder el ritmo por un instante, podamos empezar a imaginar otros modos de habitar el mundo.

Saskia Vallori

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Lost in a glance 

In a world driven by a constant frenetic pace, there are moments when the gaze needs to stop. A suspended instant in which time seems to loosen its grip and the body adopts another rhythm. Like a hermit withdrawing into the mountains, Miquel Ponce and Paula Valdeón open the doors to a dimension where time pauses and the gaze flows. Through an exercise of revision and contemplation, both artists clothe the space with an ornamentation so detailed that it urges us to stop, to breathe, and to observe.

Lost in a Glance emerges from this impulse to lose oneself in a moment of attention, allowing perception to activate before thought. In this sense, the works of Ponce and Valdeón act as catalysts for an experience in which perception and vital rhythm influence one another: a sustained and attentive gaze alters the viewer’s habitual cadence, opening a space where observing necessarily implies slowing down.

Lift your gaze – what can you observe? A hidden lattice, a window opening onto the sea… Move through the space, explore the details. What memories does this play of light and shadow awaken? We enter a game of attention that trains our gaze and defragments our perception – an exercise deeply conditioned by our conception of reality, which both artists propose to deconstruct. Accustomed to speed, we interpret our surroundings through urgency, losing the ability to recognize nuances, relationships, and layers of meaning that only reveal themselves when time expands.

In the works of Ponce and Valdeón, time does not appear as an abstract concept, but as something that can be traced through looking. In Paula Valdeón’s work, layers overlap and reveal the process: initial marks, wear, corrections. In Miquel Ponce’s work, material traces, sanding residues, and open finishes reveal gesture and duration. In both cases, the artwork presents itself as an inhabited surface, inviting close and detailed observation, capable of transporting us into the artist’s studio to accompany them in their creative process.

Attention becomes focused and the environment fades into the background. The space remains, but the mind shifts, as if operating from another place. It is not about understanding the work, but about accompanying it – a state in which time ceases to be measured and thought abandons its habitual urgency. The body remains, but no longer directs the experience.

Here, art appears not only as an object of contemplation, but as a perceptual catalyst. In Miquel Ponce’s work, material residues and traces of gesture create surfaces that invite us to pause: his canvases concentrate textures, layers, and details that call for slow observation. In Paula Valdeón’s work, patterns drawn from lace curtains and handcrafted textiles, transferred onto canvas, lead us toward an equally attentive examination. Roughness, hollowed surfaces, and fragmented forms push us to uncover hidden connections and mentally reorganize elements. Natural motifs present in both practices – suggested horizons, plays of light, structures evoking organic forms – further expand this experience.

It is within this new rhythm that we sense something has changed: our perception transforms as our internal tempo shifts, revealing new forms adjusted to this altered state. At first, Valdeón’s patterns may be mistaken for urban grids – dense structures associated with constant movement, speed, and visual saturation. Yet as our rhythm slows, perception recalibrates and other readings emerge: vegetal forms, organic repetitions, connections that recall the natural ornamentation surrounding us. Something similar occurs in Ponce’s work. What initially appears as a composition of layers and geometries gradually reveals itself as a landscape reduced to its essence – an open window that transports us to another place and moment, situating us in a liminal state.

It is not the image that changes, but our way of perceiving it. The artwork thus becomes evidence of this shift: by altering our rhythm, it transforms our perception, making visible the bidirectional relationship in which looking more slowly changes what we see, and what we see confirms that something within us has paused. Fragmented and continuous, natural and constructed elements intertwine, causing each gesture and detail to concentrate our attention. As we explore them, perception sharpens and our vital cadence adjusts, revealing their close interdependence.

This attention to process and materiality also extends to the search for patterns. Through fragments, repetitions, and connections between works, the exhibition takes shape as an open experience. There is no single image or predetermined time, but multiple readings that emerge depending on how we move through and observe the space. In Paula Valdeón’s work, patterns repeat and fragment, allowing compositions to be reorganized and opened to different possible arrangements. Our gaze connects parts, completes absences, and constructs meaning from what unfolds in a non-linear way. In Miquel Ponce’s work, pieces also relate to one another through material continuity: remnants and residues from one work are integrated into the next, establishing visible continuities within a constantly transforming process.

The relationships between works, the recurrence of certain motifs, and the possibility of multiple combinations invite us to construct our own path. The artwork is not presented as a closed object, but as a system activated through sustained attention. In this process of deconstruction and recomposition, we cease to be passive observers and become active participants in the creative process. To perceive is to be involved – and through this involvement, the experience expands.
As our attention unfolds among the details, we sense how the spaces accompany and respond to us. We enter a broad area with high ceilings and shifting light, allowing the gaze to expand and breathe, embracing the whole and experiencing lightness. Its openness invites unhurried exploration, moving from one point to another, discovering connections between what is near and what stretches beyond. Leaving this openness behind and entering a smaller space adapted to our scale, attention concentrates and the body relaxes. Like leaving the nave of a cathedral to explore a chapel, we begin to notice details previously overlooked: the tactility of materials, surface textures, the subtle vibration of light upon them. Proximity sharpens the senses, inviting us to move calmly and inhabit the space more intimately and consciously.

The surrounding walls and openings allow for free movement without a fixed direction, generating a constant dialogue between space and perception. The works accompany these dimensions: some invite expansion and projection, others draw us inward toward detail, asking for closeness and patience. This oscillation reminds us that inhabiting a space is not only about moving through it, but also about feeling it – allowing it to influence our perception.

The works of Miquel Ponce and Paula Valdeón thus position themselves as proposals that challenge our habitual ways of looking. Rather than offering closed images, they present perceptual situations that require time, attention, and openness. Through process, materiality, and fragmentation, both artists generate spaces of reading where perception is reorganized, inviting the viewer to become aware of how they look, how they move, and how they inhabit time within the exhibition space.

Lost in a Glance therefore proposes an exercise in attention – an invitation to observe without urgency, to inhabit space at a different cadence, and to recognize how our way of seeing is bound to our way of living. Perhaps, by allowing ourselves to lose our rhythm for a moment, we may begin to imagine other ways of inhabiting the world.


Saskia Vallori